viernes, 29 de enero de 2010

Toda la noche, Romeo acechò la oportunidad de acercarse a Julieta. Cuando la vio liberada de su pretendiente, se acercò, rozò su mano y Julieta se sobresaltò.
"Sè que, con mi mano indigna, estoy profanando un altar sagrado. Pero mi devociòn es màs fuerte, y no pude resistirme", dijo Romeo.
"No deverìas valorar en tan poco tu mano, que tan humilde se muestra, y tan devota como la de una buen peregrino", le respondiò Julieta.
"Tambièn mis labios querrìan limpiar sus pecados con los tuyos".
"A los labios de los peregrinos solo los mueven las plegarias", siguiò el juego Julieta.
"Deja que llegue mi plegaria", rogò Romeo.
La besò; hubiera querido hacerlo una y mil veces màs, cuando ella le reprochò:
"Vino a mis labios ahora el pecado que tenìan los tuyos", dijo ella.
"¿un pecado? ¿de mis labios? Devuèlveme el pecado, entonces".
Y Romeo la volviò a besar.

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